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El
concepto de costo ambiental, escasamente considerado en los
países del Sur -que deberían ser los principales
interesados- cobra vital importancia y asegura un novedoso
enfoque ante la insostenible presión por el pago de
la deuda externa en América Latina. El caso argentino,
de notable actualidad, es ejemplar. Los dos temas tienen una
relación básica, posible de confrontar, que
ha comenzado a ser analizada recientemente, en particular
por académicos y ONGs del Sur (Acción Ecológica
de Ecuador, Rural Advancement Foundation International -RAFI-
, Grupo de Reflexión
Rural -GRR-, Jubileo 2000, Grain) apoyados por muchos de sus
pares de los
países desarrollados. La "deuda ambiental"
se arrastra desde la colonia, se ha agravado en el siglo XX
y es perfectamente cuantificable en términos económicos.
Los
seres humanos no degradan voluntariamente su medio ambiente.
Ningún
agricultor sueña con dejar a sus hijos un campo destruido,
con su capa fértil lavada, el agua contaminada y el
terreno cubierto de cárcavas.
Ninguna comunidad se somete voluntariamente a un desgas te
azaroso. Sin embargo, las sociedades toleran el cautiverio
de la deuda externa, aun cuando su origen es distante de su
cotidianidad (1).
Una
deuda externa que contiene un alto componente de ilegitimidad
y ya ampliamente pagada, si se tienen en cuenta no sólo
el flujo financiero y las tasas de interés pagadas
-impuestas unilateralmente- sino también el de bienes
y recursos naturales baratos exportados. "Si calculamossolamente
cuánto hemos cubierto en exceso de intereses, cuando
además la banca internacional decidió por sí
misma en 1982 subirlos del 6 al 20%, es posible demostrar
que la deuda está pagada y en exceso. Para obtener
estos fondos y enviarlos como pa go de la deuda externa, nuestros
países se ven obligados a exportar cada vez más,
en condiciones de poca equidad
comercial y, lo que es más grave, a cualquier costo"
(2).
Ecológica
y colonial
Además
del tremendo impacto que el peso de la deuda tiene sobre las
sociedades de los países en desarrollo, debe tenerse
en cuenta la presión sobre el patrimonio natural. Jacobo
Achatan indica que "el volumen de exportaciones de América
Latina ha aumentado desde 1980 hasta 1995 en un 245%. Entre
1985 y 1996 se habían extraído y enviado al
exterior 2.706 millones de toneladas de productos básicos,
la mayoría de ellos no renovables. El 88% corresponde
a minerales y petróleo. Haciendo una proyección
hacia el 2016 se calcula que e l total de exportaciones de
bienes materiales de América Latina hacia el Norte
sería de 11.000 millones de toneladas. Entre 1982 y
hasta 1996, en catorce años, América Latina
había pagado 739.900 millones de dólares, es
decir, más del doble de lo que debía en 1982
-unos 300.000 millones de dólares- y sin embargo seguía
debiendo 607.230 millones de dólares" (3).
Desde
la perspectiva Sur-Norte se puede definir la "deuda ecológica"
como "aquella que ha venido siendo acumulada por el Norte,
especialmente por los países más industrializados,
hacia las naciones del Tercer Mundo, a través de la
expoliación de los recursos natural es por su venta
subvaluada, la contaminación ambiental, la utilización
gratuita de sus recursos genéticos o la libre ocupación
de su espacio ambiental para el depósito de los gases
de efecto invernadero u otros residuos acumulados y eliminados
por los países indus trializados" (4). A esta
deuda generada por la sobreproducción, el sobreconsumo
y la superproducción de desechos actuales y pasados
de los países del Norte, debería sumárseles
(¿por qué no?, al menos para tenerla en cuenta),
la "deuda colonial" por la extracci ón y
usufructo de recursos minerales no reembolsados (5).
Los
daños ambientales generados por este comercio ecológicamente
desigual se replican en todo el mundo subdesarrollado, especialmente
en América Latina. Sin embargo, no han sido percibidos
cabalmente ni aparecen en las agendas de los decisores políticos.
Como señala Joan Martínez Alier, catedrático
catalán de la Universidad de Barcelona, "es sorprendente
la vigencia de antiguos agravios históricos sobre límites
geográficos y el gran empeño que diversos países
latinoamericanos ponen en defender o reivindicar su herencia
territorial, en comparación con la inconciencia con
la que ceden la herencia recibida del patrimonio natural"
(y también del patrimonio cultural y social). Esas
continuas cesiones podrían interpretarse como una amenaza
a la propia seguridad. Desde el Sur puede afirmarse que el
Norte ha producido y produce una cantidad desproporcionada
de contaminación y degradación y se apodera
o presiona para transformar una cantidad desproporcionada
de recursos naturales, lo que pone en peligro la seguridad
ecológica del Sur.
Debido
en parte a este comercio desigual y a la adopción de
algunas tecnologías importadas degradantes, Argentina
tiene regiones erosionadas en casi todo su territorio (6).
Los sistemas de producción ovina aplicados en la Patagonia
desde el siglo XIX, que en menos de ci en años la convirtieron
en desierto, o la eliminación de los quebrachales en
la zona chaqueña, son un claro ejemplo de depredación
de la naturaleza, subvaluación del recurso, exportaciones
mal pagadas y tecnologías
pobremente adaptadas a la realidad regional.
Nutrientes,
pesca y petróleo
Una
situación muy similar se suscita en la región
de suelos más ricos del mundo, la Pampa Ondulada. A
causa de la presión exportadora de una agricultura
industrial muy dependiente de insumos externos y energía,
la estructura y calidad del sustrato se está perd iendo
rápidamente. Argentina exporta millones de toneladas
de nutrientes naturales -especialmente nitrógeno, fósforo
y potasio- que por supuesto no se recuperan de manera natural.
Se pretende mantenerlos mediante el uso de fertilizantes sintéticos,
tal como se promuev e desde la esfera pública y privada.
Sólo con sus principales cultivos -soja, maíz,
trigo y girasol- el país exporta anualmente alrededor
de 3.500.000 toneladas de nutrientes.
La
soja, el motor de la agricultura argentina exportadora, representa
casi el 50% de esta cifra. Sin embargo, se impulsa a los agricultores
a que sigan pagando para recuperar lo que pierden con esos
métodos de cultivo. Se los obliga a aumentar la aplicación
de los fertili zantes sintéticos (7) en lugar de utilizar
las prácticas ancestrales de recuperación y
rotación de suelos u otras antes habituales en el campo
argentino: las rotaciones de agricultura por ganadería
permiten, por ejemplo, un importante período de descanso
y rec uperación de suelos y un sistema productivo más
diversificado, además de un menor consumo de insumos,
si se utilizan prácticas de pastoreo racional.
El
fuerte proceso de agriculturización de los últimos
diez años, impulsado por una irrestricta apertura al
ingreso de insumos externos (agroquímicos, fertilizantes,
maquinaria, que además contribuyó a la ruina
de las industrias locales) no favoreció un proceso
de enriquecimiento genuino. Sólo benefició a
ciertos sectores concentrados de la exportación que
ahora obtienen además ganancias fabulosas con la apreciación
del dólar. Costo social: un tendal de productores quebrados,
impulsados a la "pseudo-tecnificación" del
agro.
Estos
modelos de explotación despiadada de recursos naturales
se globalizan hacia los países de economías
más debilitadas y dependientes.
En
Argentina se repiten en casos como la pesca (destrucción
de la industria pesquera nacional mediante la concesión
indisc riminada a barcos-factoría; nulo control de
las incursiones piratas) o el petróleo. Este último
caso es extremadamente grave ya que se hace entrega de un
producto no renovable a compañías multinacionales
interesadas en el lucro inmediato (8).
Recursos
irrecuperables
Muy
pocos países cortaron el nudo gordiano de apoyar su
crecimiento con la
sobreexplotación de materias primas para reincidir
solamente en más deuda y dependencia. La mayoría
nunca alcanzó a financiar su propio desarrollo, por
falta de verdaderas políticas indepen dientes. En las
crisis anteriores de la deuda externa "como las de 1875
y 1890, Argentina pudo salir con una combinación de
pago de aranceles y aumento de los precios internacionales
de la lana, pero nunca, ni en sus años dorados, ha
podido o querido financiar su propio desarrollo. Tal vez una
clase -la agropecuaria- pudo haber acumulado capital y volcarlo
hacia otras inversiones productivas, pero no lo hizo y siguió
aportando al campo. Y el campo, con sus precios, irremediablemente
iba decayendo. Entonces los ingleses nos hicieron los ferr
ocarriles, los estadounidenses las empresas de servicios y
las multinacionales, el sistema bancario" (9).
Lo
mismo sucedió con los recursos forestales, pesqueros
y petroleros. Se sobreexplotaron, malvendieron y muchos se
tornaron irrecuperables. Tampoco se cumplió con la
premisa formulada en los 70 por el economista del Banco Mundial,
Salah El Serafy: "sembrar el petróleo", en
alusión a la reinversión de los fondos de ese
origen en el sistema económico, para fomentar el desarrollo.
En realidad, esos fondos fueron a parar a las compañías
petroleras que obtienen en estos parajes tasas altísimas
de ganancias, mientras los países sigu en en un estado
de subdesarrollo sustentable". Poderosísimos lobbies
se oponen a cualquier decisión independiente que implique
desarrollo y una distribución más equitativa
de la renta de los recursos naturales y financieros. Basta
ver los fuertes movimientos en contra de la Cumbre de la Tierra
en Bolivia (10), del MST en Brasil, de la revolución
bolivariana en Venezuela (11), o la brutal presión
extranjera contra las retenciones petroleras en Argentina.
Expresados
en dinero, los componentes de esta "deuda ecológica"
son fácilmente identificables, salvo en algunos casos
complejos. Se vinculan por ejemplo con los costos de reproducción
o manejo sostenible de recursos renovables exportados, como
la reposición de los nut rientes incorporados en las
exportaciones agrarias, o los costos de reparación
de los daños locales producidos por las exportaciones:
daños a la salud por el uso de agroquímicos
prohibidos en sus países de origen, disminución
productiva por sobreexplotación, co ntaminación
con mercurio, relaves de minas, costos actualizados por la
indisponibilidad futura de recursos no renovables como el
petróleo o la biodiversidad. Todos estos costos no
son considerados en el precio, por lo que son pagados por
el país exportador y sus generaciones futuras.
Otro
costo no reconocido por los países desarrollados es
el de los servicios ambientales (12). Un ejemplo es el proceso
de cambio climático, debido a las emisiones de gases
de efecto invernadero hacia la atmósfera, del cual
son esencialmente responsables los países desarrollados.
Los daños a la producción y economías
de todo el mundo, la inestabilidad e incertidumbre sobre sus
futuras e impredecibles consecuencias (desertización,
inundaciones, daños a la biodiversidad), no son tenidos
en cuenta. Mientras Estados Unidos genera emisiones de cinco
toneladas por persona y por año (la Unión Europea
la mitad), países como Argentina
emiten menos del 10% de esta cifra, pero "colaboran"
como sumideros de carbono gracias a sus ricas áreas
selváticas, sin recibir retribución alguna por
estas vita les funciones.
Deben
considerarse además como relevantes servicios ambientales
el reciclado de nutrientes, la depuración de aguas
en los humedales, los centros originarios de biodiversidad
y recursos genéticos, la evaporación y evapotranspiración
del agua, la estabilización de z onas costeras, los
procesos de formación de suelos, la disponibilidad
de biomasa por otras especies, todos aportados esencialmente
por los países menos desarrollados. Son vitales para
la estabilidad planetaria, pero no han
sido hasta ahora reconocidos por las economías mundiales,
ni en precio ni
en valor.
Por
ejemplo, el servicio ambiental brindado por la biodiversidad
agrícola a la seguridad alimentaria mundial se centra
en el proceso de conservación in situ, llevado adelante
por las comunidades campesinas e indígenas. Existe
ya una conciencia generalizada en muchas so ciedades de América
Latina respecto de este valor intrínseco, que ha despertado
un profundo sentimiento de protección comunitaria de
los recursos frente a la biopiratería. Los litigios
sobre patentes o intentos de patentes sobre plantas o sus
atributos, como los casos de la ayahuasca, la sangre de drago,
la quinoa, la uña de gato, el neem o el jaborandí,
son sólo algunos ejemplos. El necesario reconocimiento
a la importantísima función que cumplen estas
comunidades, que utilizando prácticas agroecológicas
y agricultura tradicional logran mantener
productivas regiones donde cualquier proceso de agricultura
industrial fracasaría, debería obligar a repensar
el actual proceso de desarrollo agrícola y reconocer
a su vez, en valor y en especie, la v liosa función
que estas regiones ricas en biodiversidad bioecológica
y socio-cultural cumplen para el mundo.
El
derecho a reclamar
Las
economías más desarrolladas utilizan no sólo
nuestros recursos sino nuestro propio espacio vital. El concepto
de "huella ecológica" o uso desproporcionado
del espacio se vincula con el hecho de que sólo una
quinta parte de la población mundial (6.100 millon
es de personas) habita en las naciones desarrolladas: Europa,
Japón, EE.UU. y Australia. Sin embargo, éstas
utilizan mucho más territorio y recursos que los de
su
propia superficie: se sirven de unas 8 hectáreas por
habitante, generando una "huella ecológica"
so bre las economías más desprotegidas, que
se encuentran en el límite de su espacio vital, con
menos de 2 hectáreas por persona (13). Esta "huella"
(el cálculo de tierras necesarias para cultivo, productos
forestales, vivienda y área marina explotada como fuente
de alimento) es cuatro veces más grande en las regiones
industriales que en los países en desarrollo. Las economías
más ricas tampoco pagan cuota alguna por este "alquiler"
del espacio vital de otras naciones.
Resulta
por lo tanto sumamente importante institucionalizar la prudencia
como instrumento de manejo de estos servicios y recursos (14)
y discutir igualitariamente la distribución de riesgos
emergentes de las nuevas tecnologías, que por lo general
impactan de manera inequi tativa sobre las comunidades más
desprotegidas (15).
El
lenguaje del dinero
Según
Eric Toussaint, en "doce años, entre 1980 y 1992,
los países del Tercer Mundo han pagado 1.662.200 millones
de dólares, una cifra tres veces superior a su deuda
de 1980, que era de 567.000 millones. Cada año, el
servicio de la deuda drena desde los países del Tercer
Mundo entre 160.000 y 200.000 millones de dólares hacia
los
bancos privados, especuladores financieros, el FMI, el Banco
Mundial y los países
ricos" (16). En Argentina, "entre 1976 y la actualidad
la deuda externa pasó de 7.600 a 132.000 millones (17);
214.0 00 millones si se agregan la deuda pública provincial
(22.000 millones) y la deuda privada (60.000 millones) (18).
El
reclamo por una "deuda ecológica", generado
por el comercio ecológicamente desigual, el pago de
los servicios ambientales y el reconocimiento de la "huella
ecológica" debe ser expresado en el lenguaje que
mejor entiende el Norte: el dinero, el bottom line en la cuent
a de pérdidas o ganancias. Así, podría
constituir un fuerte impulso desde el Sur para que el Norte
encamine su economía en una dirección más
sostenible. La cancelación de parte de la deuda externa
a cuenta de la deuda ecológica disminuiría la
presión sobre los recursos naturales de los países
del Sur, al tiempo que mejoraría la situación
de pobreza y contribuiría a un "ajuste ecológico"
del planeta.
El
Sur tiene cabal derecho de reclamar el pago de su "deuda
ecológica" (19). Es necesario comprender los orígenes
de este comercio desigual, valuarlos en lo posible y proponerlos
en la agenda de los actores de la sociedad nacional e internacional.
El tema de la deuda exte rna no debe continuar siendo abordado
de la manera tradicional. Deberán reconocerse las consecuencias
ecológicas y humanas -¡las externalidades!- que
ha causado y que aún no han sido reconocidas.
Referencias
(1)
Patricia Adams, "Deudas Odiosas, Un legado de insensatez
económica y
saqueo ambiental", Editorial Planeta, 1993.
(2)
Aurora Donoso, "Ecological Debt: South Tells North Time
to pay up",
Acción Ecológica, Quito, 2000.
(3)
Jacobo Schatan, "Deuda externa y neoliberalismo: el saqueo
de América
Latina", Fundación CENDA, Centro de Estudios Nacionales
de Desarrollo
Alternativo, Santiago de Chile, 1999.
(4)
Aurora Donoso, Deuda externa, mecanismo de dominación
y saqueo, Acción
Ecológica, Quito, 2000.
(5)
Entre 1503 y 1660, los archivos de Sevilla dan cuenta de la
extracción
de metales preciosos: unos 185.000 kilogramos de oro y 16.000.000
de
plata, obtenidos a costo cero.
(6)
Jorge Morillo y Silvia Matteucci, "La Argentina agredida,
"Ambiente y
Territorio", Realidad Económica, Núm. 169,
Buenos Aires, 2000.
(7)
En la última década Argentina pasó de
un consumo de 300.000
toneladas/año (unos 6 kg/ha), a casi 2.000.000 de toneladas/año
en la
campaña actual.
(8)
Alfredo Eric y Eric Calcagno, "YPF, otra privatización
ruinosa", Le
Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2001.
(9)
Clarín, entrevista a Félix Luna, Buenos Aires,
6-1-02.
(10)
"Tierra a debate", Revista Pulso, La Paz, Bolivia,
29-11-01.
(11)
Luis Bilbao, "Revolución y contrarrevolución
en Venezuela", Le Monde
diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, enero
de 2002.
(12)
Joan Martinez Alier, "Deuda ecológica vs. Deuda
externa. Una
perspectiva latinoamericana", Parlamento Latinoamericano,
1998.
(13)
Pulsos de la Tierra, Nacional Geographic, Editorial Televisa
Internacional, México, julio de 2001.
(14)
Martine Rèmond-Gouilloud, El derecho a destruir, Losada,
Buenos
Aires, 1994.
(15)
José Antonio López Cerezo, seminario "La
democratización del
conocimiento", Cátedra CTS+I, Organización
de Estados Iberoamericanos,
Centro de Estudios Avanzados- UBA, Buenos Aires, octubre de
2001.
(16)
Eric Toussaint es presidente del Comité para la Anulación
de la Deuda
del Tercer Mundo (CADTM), Bruselas.
(17)
Carlos Gaveta, "Y la sociedad dio un grito", Le
Monde diplomatique,
Edición Cono Sur, Buenos Aires, enero de 2002.
(18)
"Deuda Externa: una moratoria obligada por falta de fondos",
Clarín,
Buenos Aires, 24-12-01.
(19)
Joan Martinez Alier, Economía Ecológica, Editorial
Rubes, Barcelona,
1999.
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