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Nuestra
relación con los sistemas que favorecen la vida ocasiona diversos
tipos de deuda.
Primero,
tenemos contraída una deuda con la tierra que nos proporciona
el sustento, a nosotros y al resto de seres vivos. En segundo
lugar, está la deuda que tenemos con la tierra por todo el
daño que le hemos infligido. La primera de las deudas no la
podremos retornar nunca; a la segunda la postergamos, a nuestro
propio riesgo. Nuestra tercera deuda es con los pueblos marginados
y empobrecidos, en especial los pueblos indígenas, que con
frecuencia son las primeras víctimas de la destrucción ambiental.
El ecoteólogo Thomas Barry define a la segunda de las deudas
como un "déficit terrestre... provocado por el aniquilamiento
de los sistemas vitales básicos del planeta debido al abuso
de su aire, sus suelos, las aguas y la vegetación".
Actualmente,
la responsabilidad por este déficit terrestre está compartida
de manera desigual. Los bien situados se apropian de una porción
desproporcionada de la capacidad de carga del planeta. La
minoría que sobreexplota los bienes comunales mundiales tiene
contraída una deuda, no sólo con la Tierra, sino también con
la mayoría de seres humanos que consume menos de lo que por
justicia le corresponde. A este último tipo de deuda, nuestros
compañeros de Jubileo Sur la definen como "deuda ecológica",
refiriéndose a la responsabilidad contraída por quienes viven
en los países industrializados y que, debido a sus modelos
de producción y consumo, están destruyendo el planeta que
nos cobija.
Obtenido
del Artículo de John Dillon Deuda ecológica. El
Sur dice al Norte: "es hora de pagar"
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