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Durante
y después de la Cumbre sobre Desarrollo y Medio Ambiente,
celebrada en Río de Janeiro en 1992, percibí
un abrumador clima de entusiasmo y esperanza por el futuro.
Era un tiempo de optimismo y, en retrospectiva, de inocencia,
ya que todo el mundo festejaba el fin de la Guerra Fría.
Diez años después nos vemos rodeados por un
clima diferente, de cinismo y, para muchos, de desesperación.
Algo que difícilmente cause sorpresa, si se tiene en
cuenta que el medio ambiente sigue deteriorándose a
un ritmo alarmante, que la pobreza se agudiza tanto en los
países subdesarrollados
como en los que se encuentran en proceso de transición,
que la seguridad disminuye y que los conflictos violentos
y los ataques siguen marcando al mundo.
Y esto ni siquiera tiene en cuenta las nuevas realidades que
enfrentamos en 2002. La mayoría de estos acontecimientos
recientes están relacionados con el fenómeno
de la globalización, con el hecho de que vivimos en
un mundo sumamente interconectado, en donde el comercio, la
contaminación, el crimen, las enfermedades y la comunicación
no conocen fronteras.
La sed de la Tierra
La globalización trajo enormes beneficios a algunos
y desastres a otros, en tanto que pasó totalmente por
alto a muchos. Generó brechas aún más
grandes entre los que tienen y los que no, los que tienen
acceso a la información, la tecnología y los
recursos naturales y los que no ejercen ninguna influencia
en absoluto sobre los factores que afectan a sus vidas.
Normas dobles y el poder cada vez más desenfrenado
de las grandes compañías multinacionales sirvieron
para exacerbar esta tendencia. En lugar del "desarrollo
sostenido" al que el mundo adhirió en el encuentro
de Río, lo que vemos es un consumo insostenible conseguido
mayormente a espaldas de los pobres y desposeídos y
a expensas del medio ambiente.
¿Qué
es lo que salió mal? ¿Qué es lo que falta?
Aún en 1992, muchos de nosotros nos dimos cuenta de
que toda la buena voluntad y promesas de la cumbre de Río
se traducirían en nada, a menos que fueran acompañados
por dos cosas: una investigación seria sobre los valores
universales y códigos de ética y una abultada
cantidad de dinero.
Junto con otros, participé de un diálogo internacional
para la creación de un marco ético integrado
para el desarrollo sostenido, que resultó en la Carta
de la Tierra, difundida por primera vez en 2000. Con este
texto, pretendimos llenar una brecha importante.
Desde la mera aparición de la civilización humana,
las comunidades de todo el mundo crearon e impusieron códigos
morales de conducta para que gobernaran la forma como se trataban
entre sí. Quienes violan estos códigos son llevados
ante la justicia. Se les pide también que indemnicen
a las víctimas de sus acciones. Después de los
horrores de las guerras mundiales, se creó la Declaración
Universal de Derechos Humanos como forma de proteger a la
población mundial de los daños. Ahora, el planeta
en sí está en peligro y muchos de los principios
éticos básicos que deberían protegerlo
no se respetan.
Un área importante en donde el mundo se vino abajo
porque las promesas de Río no se cumplieron es la del
agua. Debiera ser visto como fuente de vergüenza universal
el hecho de que 3 millones de niños morirán
y otros millones más quedarán ciegos este año
como resultado de enfermedades relacionadas con el agua que
pueden prevenirse; que más de mil millones de niños
no tengan acceso a agua potable; que casi 3 mil millones no
cuenten con los medios para una higiene adecuada; y que imprudentemente
sigamos contaminando y explotando las fuentes naturales de
agua fresca en todo el mundo.
El agua es el ingrediente más importante para el desarrollo
y la estabilidad. Sin acceso a un suministro de agua básico,
uno se ve expuesto a sufrir enfermedades, pobreza, degradación
ambiental y hasta conflictos.
El buen gobierno, si bien no es esencial, no basta para lidiar
con todos estos temas. Naciones Unidas lanzó la Promesa
del Milenio para reducir para 2015 a la mitad la cantidad
de gente en el mundo sin acceso a buenos servicios sanitarios
y de
provisión de agua. Para lograr esto, se necesitarán
unos 23 mil millones de dólares anuales. El acceso
a una provisión adecuada de agua potable para las necesidades
básicas humanas es un derecho humano universal y es
responsabilidad de todos que se cumpla con esta promesa.
Será una tarea difícil si se tiene en cuenta
que los niveles de Asistencia Oficial para el Desarrollo (AOD)
-que ayudaron a financiar proyectos de infraestructura- llegaron
el año pasado a su nivel más bajo en 20 años,
53.100 millones de dólares. En la Cumbre de la Tierra,
los líderes de los países desarrollados prometieron
aumentar su AOD al 0,7 por ciento de sus PBI. Pero
sólo cinco naciones cumplieron con su promesa (Dinamarca,
Suecia, Noruega, Holanda y Luxemburgo) mientras que las otras
recortaron o congelaron sus contribuciones. El porcentaje
de la OCDE (Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económico) asciende a un lastimoso
0,39 por ciento.
Los países del Norte deberían insistir para
que se revierta esta tendencia y para que sus naciones respeten
sus responsabilidades internacionales. El hecho de que el
presidente estadounidense George Bush haya decidido aumentar
el presupuesto de ayuda al desarrollo en 5.000 millones de
dólares es, tal vez, una pequeña pero promisoria
señal.
Además de insistir para que las naciones en vías
de desarrollo paguen sus asfixiantes deudas externas, los
países ricos no deberían olvidar las enormes
deudas ecológicas que están acumulando a
través del consumo excesivo, en especial, los cambios
climáticos evidentes ya, causados por políticas
energéticas irresponsables. Sería ingenuo imaginar
que nuestra prosperidad continuará o que podremos alcanzar
algún grado de seguridad global sin cumplir con estos
objetivos. Una de las lecciones más importantes que
dejaron los ataques terroristas del 11 de setiembre es que
vivimos en un solo mundo y nadie puede darse el lujo de ignorar
los problemas de los otros, independientemente de lo lejos
que vivan.
No cabe duda de que sólo la globalización que
abarque a todos y esté basada en un desarrollo sostenido,
es la que funcionará. El camino actual sólo
traerá resentimiento, desesperación y, sin duda
alguna, más violencia.
* Ultimo presidente de la Unión Soviética
Copyright Clarín y Los Angeles Times Syndicate, 2002.
Traducción: Silvia S. Simonetti.
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